Puerta grande para Alejandro Marcos en la Glorieta
Escrito por CAMPO CHARRO ies, lunes 22 de septiembre de 2014 , 20:20 hs , en Alumnos

Como un soldado triunfante que viene de la guerra

 

Paco Cañamero

 
 
   
   
   
   

Caían sobre La Glorieta las primeras sombras y ya entre la magia de las dos luces otoñales, Alejandro Marcos recogía la oreja del sexto toro. La que le abría la Puerta Grande, la llamada del Toro, la del triunfo, pero sobre todo sellaba definitivamente su hoja profesional como gran esperanza de los novilleros. Marcaba una alegría franca en una cara que delataba el duro revés que trae el dolor de las volteretas, junto al traje de luces lleno de sangre, que semejaba a los soldados cuando salen de la trinchera y regresan de la guerra triunfantes y esperando, orgullosos, a que le llenen la pechera de condecoraciones. Como un particular Alejandro Magno en versión torera que, batalla a batalla, triunfará para acabar siendo un caudillo del toreo. Porque el muchacho de La Fuente de San Esteban demostró poso, personalidad y torería en muchas fases de su actuación; en otras un valor espartano, como el de quien está en primera línea de fuego sorteando las balas del enemigo.

Marcos, que salió en hombros e hizo feliz a un pueblo entero y llenó de esperanza a la afición local, dio ayer la medida de sus posibilidades. Las de un torero con una enorme proyección y que viene para quedarse. Por eso se mostró en novillero (como se dice en la jerga) y salió a por todas frente a ese difícil encierro que mandó la empresa, con el hierro de su ganadería, ¡ay los monopolios que malos son! y que pareció hecho a medida para estrellar las ilusiones de los toreros. Excepto el quinto, todos los novillos pidieron el carnet, exigieron y vendieron cara su vida, sobre todo cuando había un momento de duda, de no darle la distancia y entonces los espadas volaban por los aires en tarde de muchas volteretas, de las que milagrosamente no hicieron trabajar al equipo galeno.
 

Garrido se debió acordar de la dulzura de los ‘parralejos’ que desorejó el otro día en Bilbao. O de otros con embestidas de miel que lo auparon como líder; sin embargo cuando llegan las dificultades ya es otro el panorama. Y resolver es otra ecuación muy distinta a la de torear bonito y dar pases, muchos pases, que es lo que se llama el toreo moderno, tan olvidado el concepto de lidiar bajo el temple, el mando y el poder. Por eso, en su primero, hasta le dieron un aviso cuando todavía toreaba y a punto estuvo que se lo mandasen vivo a los corrales. Y en el cuarto más, muy técnico, pero sin ser capaz de vencer la adversidad para triunfar. Porque ahora a los toreros le enseñan eso que llaman técnica y van en contra de la improvisación y de tantas cosas que deben tener quien empieza.

Pena me dio ver a
 Alberto Escudero huérfano de ayuda en el callejón. Sin una voz que lo corrigiera, ni nadie que velase por él en la tarde más importante de su incipiente carrera. Andaba como una novia sin padrino cando llega al altar. Desconozco qué ocurriría, pero la ausencia de su apoderado pesó como una losa en un hecho que nunca debió producirse, porque cuando uno se hace cargo de un novillero es con todas las consecuencias. Entre ellas estar a su lado en un día vital. Se llevó también una enorme paliza Escudero, quien al final cuando veía cómo su segunda faena, después de brillar con el capote y tener un templado inicio vio que perdía intensidad y el triunfo se le escapaba como el agua entre los dedos. Por eso, quizás en un ataque de ira interior se tiró a matar sin espada buscando unas orejas que se le habían ido. Se cuadró arrojó la muleta al suelo (como hizo su apoderado ausente una tarde en Salamanca oFandiño el pasado San Isidro mucho después de popularizarlo Antonio José Galán –quien hacía la suerte con un pequeño pañuelo-) y su arrojo no fueron suficientes para alcanzar la meta, lo que le privó de cortar orejas y tener un aval para empresas mayores. Pero lo triste es que Escudero estuvo solo en su jornada más trascendental. Como una novia sin padrino cuando llega al altar.

Al final, un triunfante
 Alejandro Marcos tocó la gloria frente al saldo, vergonzoso a todas luces, para ahorrar un dinero y estrellar a los muchachos con las magníficas ganaderías que existen. Por eso, Marcos parecía un soldado cuando sale de la trinchera y llega victorioso para que le llenen la pechera de condecoraciones.

 

 

 

 



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